Una coreografía de barro para pensar con la piel

Alberto Ruy Sánchez

El barro se mueve cuando lo tocas, hay que aprender a bailar con él.

Peter Voulkos

 

Sólo entendiendo la coreografía interna de una pieza se logra modelarla.

Michael Frimkess

 

Los ceramistas saben desde hace tiempo que la música y la danza, con su énfasis en la acción y la repetición, se parecen mucho más a la cerámica que la pintura o la escultura.

Garth Clark

 

I Universo aparte

 

Porque su obra es una seductora invitación a pensar con la piel, siguiendo y desarrollando aquella invitación del escritor e historiador del arte Damián Bayón, quien nos incitaba a situarnos frente al arte contemporáneo con una enorme disponibilidad sensorial para abrir nuestra mente a los sentidos y, como él decía, pensar con los ojos.

Entonces, pensando de esa manera, pero tanto con los ojos como con la piel, comencemos por hablar del territorio artístico propio que Paloma Torres funda. La singularidad y la discreta osadía de su trabajo creativo establecen una tensión con los materiales que utiliza y con la naturaleza del arte que se ha hecho con el barro tanto de manera tradicional como contemporánea.

Esa tensión, en su caso, es creativa. No frena sino impulsa: no se vuelve contradicción sino paradoja. Es como un arco tenso que lanza su flecha para marcar un nuevo alcance y un nuevo límite: otro horizonte. Porque, justamente, utilizando cada una de las cualidades plásticas de la cerámica, la artista Paloma Torres añade a un lenguaje completamente contemporáneo una dimensión inusitada de materialidad conmovida, de danza profunda con la materia.

Lo curioso es que no sea una artista contemporánea más que practica la cerámica como si diera casi lo mismo el material en el que surge su obra. No es una pintora y escultora que simplemente use entre otros materiales el barro. Si desde el campo usual de la cerámica ella es más bien una escultora, como artista plástica de la escultura es ceramista plena. Su destreza en el oficio y su pasión creativa es de ceramista. Pero tampoco puede decirse que sus piezas se encaminen naturalmente hacia las maneras normales de ser y estar de la obra cerámica. Es una escultora y ceramista que mira y toca de otra manera. Siendo las dos cosas a la vez se convierte en una tercera.

Es como si su fascinación por el pasado de la cerámica no fuera necesariamente la tierra sobre la que camina su obra: y por eso nunca le resulta un lastre ni una limitación. Su actitud creativa es asombrosamente ágil y hasta parece despreocupada. Pero en ambos terrenos su oficio es evidente y su práctica larga. Ni una ni otra historia de usos y costumbres creativos le pesan. No gravita en la tradición evidente del arte ni en la conocida tradición de la cerámica porque no camina sino que vuela en esos dos ámbitos con su propia ligereza.

Paloma Torres me recuerda, enriquecida, aquella respuesta clásica y ya célebre de un ceramista de Metepec cuando se le preguntó si se consideraba artista o artesano: “Yo solo soy un amante del barro”. respondió. Y me la recuerda haciéndome pensar que las clasificaciones son externas y el creador no necesariamente las piensa o las vive como se le formulan desde afuera. Su práctica creativa es otra cosa. Y en el caso de Paloma Torres es radicalmente un tercer territorio, nuevo, paradójico y muy diferenciado.

Los historiadores de la cerámica clasifican a los artistas de ese arte entre aquellos que se concentran en las cualidades del modelado en la rueda giratoria y aquellos que logran la excelencia de su obra dialogando con las posibilidades del fuego en el horneado. Ceramistas de torno y ceramistas de horno. Paloma Torres no admite esa clasificación de sus formas. Su obra tiene las cualidades de ambos y no de alguno más que del otro. Ella modela y hornea pero su realización máxima no se detiene en ninguna de esas etapas. Su obra sigue componiéndose.

Por otra parte, en la escultura contemporánea se divide a los artistas entre aquellos que crean formas que se conocen como de puño cerrado y los que hacen formas de puño abierto. Masas que parecen talladas por el viento sólo a nivel de superficie sin que penetre en ellas y las que tienen huecos donde puede entrar el viento en su estructura. De nuevo, las formas creadas por Paloma Torres no admiten literalmente esa clasificación: parecen talladas, como formas de puño cerrado, pero la sutileza de sus superficies tiene con frecuencia una complejidad de puño abierto en esa área delgada que podríamos llamar su piel. En ella existe una enorme diversidad de formas que son mucho más que texturas. Y eso se lo da tanto el diverso lenguaje formal abstracto generado por Paloma Torres como el hecho de ser de barro.

Otra clasificación externa divide al arte abstracto, como lo es el de Paloma, en un arte fiel a la geometría y otro que es fiel resonancia de formas naturales, más sensuales y orgánicas. De nuevo, Paloma Torres es impensable desde un solo lado de la abstracción: su obra está llena de formas que a la vez son orgánicas y además son geométricas en su composición. Y lo son, algunas más otras menos, tanto en la superficie como en su composición total.

Paloma Torres es una escultora abstracta excéntrica y una ceramista heterodoxa. Hereje doble que crea su propio canon. Al situarse en los márgenes de ambos terrenos, el del arte contemporáneo y el de la cerámica, es otra cosa lo que genera. Ella crea un ámbito propio para su arte: una tercera opción territorial que por lo pronto es suya exclusivamente o, más bien, de su obra. Y ahí, en este nuevo continente de barro y líneas de expresión, de obras abstractas que casi se sienten como cuerpos cercanos, de fragilidad y trascendencia, de instalaciones inteligentes y paradójicamente tradicionales, su creatividad, su mirada sobre el mundo, es centro indiscutible de un territorio peculiar del arte contemporáneo:

 

El Universo Paloma Torres

 

En el nombre ya levanta

su bosque vertical

y su vuelo.

Con las manos

hace visibles

formas antiguas

que nadie conocía,

que a todos tocan

y cantan al oído

antes de emprender

su danza

o un salto por los aires.

Aquella es ave ritual,

rápida, casi invisible,

una mancha

en la punta frágil

de un tótem que camina.

Y otra es temblor

horizontal

de un corazón

que trepa

un remolino.

Me encuentro

y me pierdo

en su bosque

de anillos de saturno,

en su universo quebradizo,

en la cimbra celestial

de su alma resistente

y única. Donde quiero

entrar y descansar

estos ojos alucinados:

para mirar mejor,

con las manos,

toda esta

sorpresiva anatomía

de un mundo aparte

que en el fondo

es decir, en la piel,

es el nuestro.

 

II Sacralidad de barro

 

Esa excentricidad doble, del mundo de la escultura y del mundo de la cerámica, que crea un universo aparte me recuerda esa forma tan común en ciertas épocas del arte, la forma producida por la intersección parcial de dos círculos: la mandorla. Literalmente, una almendra. En la historia del arte, la mandorla ha tenido la función de situar y señalar la santidad de personajes que se consideran sagrados por participar de dos mundos simultáneamente: el de la tierra y el del cielo. Es la almendra dorada que vemos atrás de vírgenes y algunos santos en la pintura gótica, por ejemplo. La mandorla dorada es más que un aureola y no sólo expresa que ahí hay algo excepcional. Lo provoca en la mente de quienes miran. Y al hacerlo también lo invoca: es arte ritual. Tiene la fuerza y la presencia para convertir al que mira en alguien que practica la contemplación como se vive una religión: vinculados a un misterio y a una revelación.

En el universo estético de Paloma Torres hay esa intersección de dos círculos, el de la escultura y el de la cerámica, y crean una mandorla simbólica que se manifiesta en formas heterodoxas, sanamente extrañas a ambos mundos. Mandorla simbólica que se manifiesta en las formas anfibias que la artista crea y en los materiales y en las formas obstinadas que genera en ellos.

Así, a diferencia del mundo de las mandorlas góticas aquí no es el oro sino el barro lo que provoca esta invitación a la contemplación misteriosa. Una fuerza de orden casi primitivo, elemental. El barro y la forma totémica, siempre llena de misterios.

Las Torres de Paloma ejercen ese tipo de doble fascinación elemental y a la vez poderosa: una fuerza no natural sino sobrenatural de una manera primaria, instintiva. Dibujos y materiales aplicados sobre las superficies son muy bellos estéticamente pero su fuerza viene de algo más porque también son como tatuajes que invocan a los antepasados, a mitos que se desconocen, a seres pertenecientes a otro tipo de vida. No es casualidad que ella los llame con frecuencia tótems. Y lo son en varios sentidos. Tótems abstractos. Símbolos ancestrales de pertenencia a una elemental humanidad de formas que tienden más allá de ellas mismas. Formas de superficie que se convierten en figuras protectoras. No animales sino organismos, geometrías, líneas temblorosas y vivas, rectángulos irregulares, ventanas a un más allá siempre abierto. Lenguaje de formas totémicas que pasa de las torres a las esferas. Tótems planetas o tótems asteroides viajando en la imaginación sencilla de los humanos sedientos de más allá, de protección y pertenencia, de tótems.

Partamos del principio mitológico de que esas torres abstractas son cuerpos sin miembros, o más bien son como cuerpos. Aquello que el filósofo Gilles Deleuze llamaba “cuerpos sin órganos”, para describir una de las cualidades esenciales de los humanos: su infinita posibilidad de conexión con lo que sea, más allá de los órganos específicos. Cuerpos como “máquinas deseantes” que funcionan de múltiples maneras con lo que se pueda conectar con ellas. Son cuerpos que se acoplan con la imaginación deseante de quienes los contemplen. Cuerpos que no distinguen entre los humanos y los cuerpos de la naturaleza.

Deleuze toma la expresión de un poema de Antonin Artaud que sostiene: “El cuerpo es el cuerpo y no necesita órganos.” Artaud parece describir estos cuerpos totémicos de Paloma Torres. Cuerpos de un mundo interno. De una cualidad interiorizada en todos los cuerpos. Si cabe la expresión “cuerpo adentro”, ella se aplica a estos cuerpos que son como retratos móviles de una interioridad infinita. Cuerpos que al ir hacia adentro van más allá de sí mismos y por lo tanto al mismo tiempo van hacia aquello que los rebasa, hacia afuera, hacia cierta sacralidad.

Estas torres que parecen crecer tanto hacia arriba como cuerpo adentro, con su extraña vitalidad de cuerpos de barro reactivan ante nuestros ojos varios mitos. Primero la metáfora cerámica de la creación en la Biblia. El mito de los humanos hechos de barro por un dios que los modela. Fantasma bíblico que podemos sumar al mito creativo del Gólem: el muñeco de barro que, gracias a ciertas palabras sagradas del Talmud o de la Cábala, puestas en la boca por su creador, cobra vida. Según Borges, la palabra gólem significa en hebreo materia amorfa o sin vida. Paradójicamente es ahora el nombre propio de la creatura de barro que cobró vida y cuyas acciones fueron más allá de la voluntad de su creador. Un gólem es por extensión el barro que cobra vida. En ambos casos, el bíblico y el talmúdico, se trata de formas de barro humanizadas. Vamos del lodo a la carne.

Aquí, frente a estas torres de Paloma, estamos subiendo un escalón mitológico más: el de cuerpos sin órganos que al ser tatuados o marcados de diferentes maneras crean a su alrededor un ámbito excepcional que los vuelve sobrehumanos y sobrenaturales, que los hace participar de una sacralidad ritual. Vamos ahora de la carne al mundo simbólico de una materia que significa algo sustantivo pero inmaterial. Que participa de lo sagrado.

Estas torres que son cuerpos sin miembros, cuerpos excepcionales, son cuerpos que juntos forman algo parecido a un bosque de troncos tatuados, llenos de incisiones, de texturas y formas irrepetibles. El bosque de los gigantes tatuados. El bosque de los seres fugaces y profundos.

Y es claro que, entre otras cosas, los vuelve sagrados la incisión, la aplicación o el dibujo sobre su superficie. En algunas tribus el tatuaje con frecuencia es escritura secreta que cuenta un mito, lo pone en acción sobre la piel. Es un lenguaje simbólico. El tatuaje crea un ámbito de excepción donde las cosas son y no son al mismo tiempo. Donde el doble y triple significado de las cosas palpita ante nuestros ojos, sobre nuestra piel. Nos hace sentir lo excepcional. Y eso pasa con las esculturas verticales de Paloma Torres. Nos perdemos entre ellas, extraviamos nuestra mirada y nuestros sentidos para encontrarnos a un nivel de sensaciones de significados que resulta muy distinto. Son figuras poderosas.

Por eso también, se puede pensar en ellas como presencias. Son mucho más que cosas. Son esculturas llenas de esa cualidad que comparten las artes y la poesía: la de invocar presencias. Muchas veces misteriosas o indefinibles fácilmente. No evocarlas como se recuerda a alguien o algo sino invocarlas: provocar su aparición contundente, resuelta, irrevocable. Una presencia comienza siendo una sensación muy fuerte. Y así estas esculturas son presencias. Ante ellas nadie con la más elemental sensibilidad puede ser indiferente.

Después, esas presencias van penetrando en la mente y palpitan en la superficie de la piel dando nueva vida a aquella idea de Paul Valéry: no hay nada más profundo que la piel. Y en este caso se aplica tanto a la piel de quienes nos exponemos a esas presencias como a la piel misma de estas piezas totémicas, frágiles como el barro y poderosas como los significados del barro también.

Surge la impresión de que la piel de las esculturas deja su huella en la piel de quienes las vivimos a nuestro alrededor. Y nosotros mismos, que algo tenemos de barro, nos convertimos en seres tatuados por dentro y comenzamos a formar parte del mágico bosque de las presencias. La sacralidad del barro ha ejercido su efecto sobre nosotros, sus testigos rituales. La escultora nos ofrece así su

 

Santuario de Torres heréticas

 

El bosque de las presencias

camina a nuestro lado

y al cerrar los ojos

nos camina adentro.

Late en mis ojos

un árbol de espinas gruesas,

de frutos invisibles y poderes callados.

Cada noche es luna llena

en este bosque de barro y sueños,

de anillos y esferas,

de paisajes que escalan

terrosos remolinos.

Y cada amanecer,

como herejía de barro

adentro de la torre

despierta otra noche más densa

con otra luna llena

y otro lago

del tamaño del cielo.

Y el muro de cimbras

da consistencia

a un cielo dilatado

que todo lo permea

y nos va suavemente penetrando.

Así nos lleva

a mirarlo todo

como revelación

elemental:

es el primer día

y las primeras torres

fueron creadas

adentro y afuera

de estas creaturas

de carne excitada

hacia un cielo

de barro.

Torres rituales

para sostener,

claramente,

algo invisible

que en luna llena

sólo tú y yo vemos.

 

III Danza y contradanza

Estas son esculturas rituales que nos danzan piel adentro: Paloma Torres nos lleva a sentir qué tan a fondo, al crearlas, ella ha danzado con estas formas poderosas. Simplemente porque nos hacen participar en una sorprendente y apasionada coreografía donde nada es de verdad estático y hasta lo que parece serlo lleva adentro y en la piel un profundo movimiento. No es casualidad que, instintivamente, Juan Quezada, el mago del poblado de Mata Ortiz, se haya preocupado explícitamente desde el principio de su oficio de ceramista por la dinámica de cada pieza.

El barro siempre se agita, nunca deja de moverse. Ni antes, ni durante ni después del fuego. Quien crea que en algún momento lo detiene se equivoca. Sólo matándolo lo logra. Y las verdaderas obras de arte alfarero nunca dejan de moverse, de danzar en sus mejores momentos.

Según este principio elemental pero nada evidente, el ceramista siempre es un coreógrafo que lleva a cabo, pone en escena en cada pieza, y en cada conjunto de ellas, una composición de movimientos. Por eso el ya clásico ceramista Michael Frimkess, que sabía mucho de esto, aseguraba que cada pieza lleva su música y su danza y que el alfarero, en sus mejores momentos, la escucha con las manos. Que su oficio es hacerla visible como nadie más puede hacerlo. Y que solamente oyéndola puede dar a cada pieza de barro su mejor forma. No es extraño que esta afirmación de alta sensibilidad ante el movimiento latente de una composición venga de un artista afectado en su madurez por esclerosis múltiple, y quien, con su esposa Magdalena Suárez, ha realizado una obra que retoma formas griegas clásicas, abiertamente dionisiacas, ilustradas con una irónica mitología pop que en realidad las ilumina. Esa es la danza que sus manos escuchan.

Su maestro, el genial Peter Voulkos, paradigma de todos los ceramistas del arte contemporáneo, el gran expresionista abstracto del barro, el hombre que rompió todos los moldes y todas las antiguas fronteras entre el arte moderno y la cerámica tradicional, también sostenía, a su manera, que la cerámica es coreografía. Y le gustaba hacer piezas frente a un público que lo aplaudía asumiéndose como director de orquesta o coreógrafo. Decía, con una sonrisa enorme, que la cerámica es un “performance”, como la danza. Y a sus alumnos les enseñaba que “al tocarlo el barro se mueve y hay que aprender a bailar con él”. En sus piezas hay de pronto gestos de tremenda agresividad y otros de calma. Uno imagina perfectamente la dramática coreografía que implican. Antes de morir de una brusca interrupción de la música de su cuerpo, de un ataque cardiaco, hizo piezas que bailaban, según él, como música atonal, continua, rebelde a la melodía.

La música que bailan las piezas de Paloma Torres está hecha de una combinación anfibia de ruidos de ciudad y tambores tribales. Ella hace música de barro hasta con remaches y varillas. Nos hace oír la música que estaba callada en el deshecho.

De la misma manera que los objetos rituales primitivos usaban cualquier forma en la naturaleza, horquetas de una rama o piedras, Paloma da una nueva dignidad estética a nuestra nueva naturaleza de concreto, estas ruinas permanentes tan sólo renovadas como ruinas. Y las vuelve parte de una dimensión estética porque sabe ver y escuchar con las manos hasta lo indecible.

Si es cierto lo que decía Michael Frimkess sobre la coreografía interna que cada pieza lleva adentro, éstas de Paloma son coreografías documentales y al mismo tiempo fantásticas que nos llevan a mirar, a escuchar y a vivir nuestras ciudades con otros ojos. El arte ayuda a ver a la ciudad. No la ciudad al arte. La ciudad, a sus ojos, a través de sus manos, es una cerámica de aplicaciones discontinuas, multiformes, retícula rebelde, espacio orgánico. Y de esa manera, como coreógrafa osada hasta lo inverosímil, Paloma Torres ha llevado sus obras a una discreta pero muy consistente experimentación coreográfica de figuras abstractas y rituales en ámbitos colectivos. Sus esculturas en la ciudad recuerdan que hay una dimensión estética en todo. Que en la mirada está el asombro que la encuentra. Que nada se ve si no se mira danzando, sintiendo la música que el barro lleva dentro cuando la gracia lo toca, cuando suavemente y muy a fondo lo moldea y nos moldea.

 

Líneas de fuga sin perspectiva

 

Danza conmigo

gigante blanco.

Tu piel de mosaicos sucios

revestida de humo antiguo

mueve el oleaje

de mis ánimos oscuros.

Lo más claro

de mis ojos se esconde

en párpados delgados.

Conviertes mis movimientos

y mis sombras

en clara alegría.

Danzo contigo

hueso de pájaro

sin plumas,

columna vertebral

de un sueño urbano

en ruinas.

Con nosotros bailan

los tótems tornillo

y las torres alcayata,

los tótems arañados

por el ir y bajar de las hormigas.

Los bloques

concretos pero orgánicos

e inquietos,

coronados de varillas

como resplandor

o lluvia

de rayos gruesos.

Tiembla la mano

que lo mira,

el ojo que lo escucha,

la piel que es ahora

cicatriz y tambor

de la ciudad inacabada,

caos rebelde al caos: música.

Danza en la intimidad

y contradanza afuera.

Danza piel adentro

y allá contradanza ritual

de sustanciales

y primitivas

nuevas ruinas.

El bosque sagrado,

y el tótem sideral

las conjuran

con sus sonrisas

y sus pasos

sobre un suelo

convertido en tambor

de barro,

en espejo sonoro

del cielo.

Danza conmigo diosa de tierra dura,

de manos fuertes y certeras

que no veo mientras me tocan,

diosa llena de música extraña,

de agua fugaz y fuego frío.

Quiero ser ciudadano de tu magia,

de tu piel explorador y peregrino.

Subir en ti contigo.

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